Dentro de la lista de remedios caseros que tuve que padecer, uno de los más desagradables -es que era realmente repugnante- ha sido el temible aceite de ricino.A lo largo de mi vida, hasta los 13 años aproximadamente, el aceite de ricino formó parte del rito anual de la vuelta al cole. Así como cada año se compraban los útiles escolares, se hacía el uniforme, se compraban los zapatos y se acababa la playita, aparecía sobre el repostero de la cocina de mi casa, el odiado frasquito de aceite de ricino. Si hasta parece que lo tengo delante: color oscuro, con tapita de plástico, con una etiqueta que exhumaba grasa, daba asco hasta cogerlo.
La rutina de su ingesta era siempre la misma: Mi vieja, unos días antes del 1 de Abril -fecha que empezaba el colegio casi siempre en Perú-, a golpe de las 6:00 AM, entraba a mi habitación llevando una bandeja con azúcar blanca, una cuchara sopera, un vaso de zumo de naranja caliente (vete a saber porqué tenía que estar a esa temperatura) y el frasquito de marras, (echando vapor porque había estado en baño maría minutos antes, para que se pusiera en estado líquido y manipulable).
-Ya hijito, ya...despierta y abre la boca que se enfría…
Así, con ventaja y alevosía. Recuerdo que estas palabras me quitaban el sueño con una rapidez extrema. En esos momentos buscaba una forma de evitar lo inevitable pero el hecho de ser pillado a esas horas, echado en una cama, con los ojos pegajosos, con medio cerebro en stand-by, constituía un handicap para cualquier espontáneo plan de fuga. Finalmente, al segundo o tercer grito de la autora de mis días, sin que ningún ruego desesperado de última hora surtiera un poco de lástima por su parte, terminaba abriendo la boca –sin respirar, que era peor si olías la mierda ésa- y tragando lo intragable: una cucharada sopera de ese vil óleo. El ritual se completaba con un poco de azúcar en la boca y bebiendo inmediatamente el zumo caliente de naranja. Recuerdo que a continuación podía sentir los escalofríos, la impotencia, la derrota final.
En resumen, todo era un asco.
El porqué nos purgaban de esa forma –mis hermanas también sufrían este ritual-, tenía su origen en que a mi madre se lo dieron siempre antes de ir al colegio. A lo mejor, era una idea original de mi abuela, o quizás hay que ir más atrás en el tiempo para buscar el verdadero origen de esa desagradable costumbre. Digamos que era…porque sí.
Hasta que, cuando tenía unos 13 años, como dije antes, decidí que eso iba a terminar. Había leído, averiguado, estaba plenamente convencido que tomar esa porquería no era necesario. No había un sustento científico para usarlo todos los años con nosotros. Había llegado el momento del cambio, de la revolución. Nunca más.
Ese año, al entrar un día en la cocina –sería finales de Marzo, como siempre- y ver el dichoso frasquito una vez más sobre el repostero, le advertí a mis madres: “Yo, no voy a tomar eso, así que ya están avisadas”. Obviamente, se rieron de mi “audacia” y ni caso. Recuerdo que yo no me reí.
Y llegó el día esperado. Apareció mi vieja al rayar la aurora con todo el material necesario para el procedimiento y me pidió abrir la boca.
-No. No voy a tomar eso.
-Ya basta de bromas, hijito, abre la boca que se enf…
-Te dije que no lo iba a hacer.
-No me hagas enojar…¡abre la boca!
Mi madre me intentó acorralar, por las buenas, por las malas, en la cama, de pié. Pero naca la pirinaca. La situación era risible a todas luces, pero yo me aguantaba la risa y procuraba estar lo más serio posible. Cuando la ví dejar la cuchara y abalanzarse sobre mí, hice lo que cualquier gallardo y aguerrido muchacho de mi edad hubiera hecho: meterme debajo de la cama. Así estuve un buen rato, esquivando a mi madre que empujó la cama por toda la habitación entre gritos e intentos de cogerme por algún lado en la que quedaba a su alcance. Finalmente, se rindió:
-¡Esto no quedará así! ¡Ya verás cuando salgas!
Victoria, al fin.
Mi madre estuvo muchos días sin hablarme. Se quejó con mi padre, al cual por un oído le entró y por el otro le salió. Me preparó en esos días, como castigo, toda la comida que no me gustaba y esperando estuvo que le pidiera algo para negármelo. No lo hice. Aguanté el tipo y poco a poco, la tensión fue amainando. Frente a cualquier intento de reproche por su parte, siempre le decía lo mismo: “Yo te avisé”.
Así termino la triste historia del aceite de ricino en mi casa. Mis hermanas, envalentonadas con mi actitud, también se negaron a probarlo a partir de ese año. Que fue todo un hito, vamos.
Epílogo
Un lustro después, mi madre tenía que sacarse unos rayos x para una operación renal. El médico le indicó que, para que las placas salieran bien, tenía que tomar con un día de anterioridad, un purgante: aceite de ricino. Mi vieja, ni corta ni perezosa, fue a preguntar en varias farmacias y consiguió algo parecido: cápsulas de aceite de ricino. Cuando el médico se enteró de toda la verdad al ver las placas –que salieron fatal- le echó una buena bronca y la mandó a por lo que él le había dicho. O sea, que consiguiera e ingiriera a su viejo conocido.
El mundo da vueltas, dijo un borracho.
Fue un momento histórico para la familia. Una de mis hermanas y yo, nos sentamos en la cocina para ver el inédito e increíble espectáculo de ver ingerir a nuestra madre, aceite de ricino. Lo hizo, claro que después de muchos aspavientos, protestas, risas y recordatorios de nuestra parte (le decíamos “abre la boca que se enfría” además que le imitábamos con muchas de sus consabidas frases). Después de comer azúcar y beberse el zumo de naranja caliente, lo primero que dijo fue: “Qué horrible es, Diosito”.
El círculo se había cerrado, al fin.






